La vi desde la línea



Una tarde como cualquier otra, al regresar de mi sesión de entrenamiento, me encontraba en la línea a la espera de mi turno para pagar el suplemento vitamínico y la bebida energética. Sin embargo, son los momentos cotidianos los que encierran gratas revelaciones que nos animan el espíritu. Era la primera vez que la veía en la tienda, así que inferí que era nueva –a pesar de que mis visitas al lugar estén muy lejos de lo frecuente. El retardo habitual de la cola para pagar me permitió escrutar su rostro desde una distancia segura, dándome tiempo de realizar un primer boceto sin que ella lo notara.

Prestaba atención a los delicados trazos que dibujaban su rostro pequeño y ovalado. Su mentón marcaba un leve final bajo su boca de labios delicados y comprimidos, que gracias a las oportunas ocurrencias de un vendedor me permitió ver el grueso esplendor de la sonrisa de la musa inusitada. En tanto, Sus pómulos apenas sobresalían y lo liso de sus mejillas denunciaba una textura de terciopelo, que complementaba finamente el lunar bajo su pómulo izquierdo.

Era mi turno de pagar y al acercarme a ella pude comprobar que su nariz tenía el tamaño exacto para su rostro, ni muy ancha, ni muy larga, ni muy puntiaguda. Escucharla llamarme por mi nombre luego de haberme buscado en el sistema de compras me generó el mismo placer que genera un bocado de chocolate. Entonces decidí darle alma a mi bosquejo y detallé en sus ojos grandes y oscuros, casi gemelos, una mirada mezcla de inocencia juvenil y escepticismo de una vida dura.

Por desgracia, no tuve nada que ofrecer a cambio. Sentí que me aprovechaba de ella y no podía ni ofrecerle en retribución palabras que con cortesía destacasen el encanto que su ser emanaba. Sin embargo, entiendo que hay momentos que no necesitan palabras ni accione; son momentos donde la contemplación es igual de importante para entender que la belleza puede estar a la vuelta de la esquina y depende de cada uno estar atentos para apreciarla, saber leerla e interpretarla.

La belleza es un tema extenso y de muchos matices, de muchas aristas, como una taza de chocolate con la cual hay que tener cuidado para no quemarse, no importa lo congelada que pueda estar la vida de uno, no se puede ser irresponsable.

Después de pagar le sonreí y le di las gracias, aunque ella no sepa que se las daba no solo por la atención sino por las sensaciones que generó en mí. Luego me fui a casa a calcar su imagen en papel.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Mercado Mayor de Coche